Tips educativos | “¿Cuál es tu propósito?” por Bethania Vejar

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A menos de 60 días de culminar el año, y a menos de 30 días efectivos de clases para terminar un nuevo periodo académico, son un sinfín de opciones las que surgen por nuestras mentes. En primera instancia pensamos sobre los logros que hemos obtenido en los últimos meses, también en los fracasos, en aquellas cosas que prometimos realizar y que nunca logramos hacer, y también en las tan anheladas vacaciones de verano.

Cuando analizamos los motivos por los cuales estamos estudiando y/o trabajando, no siempre son con una motivación agradable para nosotros. A veces es por obligación (lo señala la Ley General de Educación, al menos hasta Enseñanza media); también suele ser por la convicción de tener un título profesional para mejorar la forma de vida que se tiene y llegar a poseer el trabajo de sus sueños; suele ser también por aburrimiento (si, existen personas que estudian para no aburrirse en sus hogares); también como una forma de perfeccionarse en su área, y otro sinfín de motivos que suelen presentarse. En nuestro caso como cristianos, debemos preocuparnos que independiente de la situación que estemos viviendo, que sea nuestra decisión en post de la voluntad de Dios.

Muchas veces nos preocupamos de los títulos terrenales, de estudiar y perfeccionarnos para tener una mejor opción laboral, mejorar en lo que hacemos, entre otras cosas, pero aun así, muchas veces dejamos de lado el mejor título que podemos obtener, que es el Ser Hijos de Dios.

En estos 10 meses que ya han pasado, alguno se ha preguntado ¿Qué es lo que Dios busca de nosotros? ¿Qué es lo que espera que aprendamos? ¿Cuál es el motivo por el que estoy perfeccionándome en determinada área laboral? ¿Será útil mi nuevo conocimiento en la obra del Señor?

Son interrogantes que más de alguno debe haberse hecho y respondido a la vez, como también hay quienes sólo continúan el día a día sin detenerse a reflexionar el motivo. Nuestro Señor Jesucristo, en variadas ocasiones le señaló que hacer a sus discípulos y a las personas que lo seguían. No todos obedecieron, otros cuestionaron sus palabras, hay quienes trataron de dejarlo mal y también, quienes sin dudar, hicieron su voluntad.

Cuando nuestro Señor Jesucristo, está dando su sermón en el monte, hablando de las bienaventuranzas (San Mateo, capítulo 5), en un determinado momento habla sobre “La sal de la tierra”, expresando que: “Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres.”. Cuando nosotros estudiamos y nos perfeccionamos, ¿nos preocupamos de convertirnos en buena sal? O ¿tan sólo nos vamos desvaneciendo con el tiempo? Todos tenemos un propósito en esta tierra, por algún motivo Dios nos ha llamado, y por lo tanto, debemos intentar cumplir lo mejor posible nuestro designio.

No debemos olvidar que no estamos sólo para estar encerrados en nuestras congregaciones, el Señor nos llamó a predicar su evangelio. Quizás muchos de nosotros no tenemos el “don de la palabra” para predicar en las calles, pero si, podemos predicar a diario con nuestra forma de ser, con nuestro testimonio, siendo una sal finísima, que otorgue “un mejor sabor” a la vida de las personas que nos rodean y así, atraer más almas a Cristo. Incluso, si seguimos leyendo las bienaventuranzas, nos encontramos con que no sólo somos “La sal de la tierra”, sino también “La luz del mundo”, donde Jesús expresa que “Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.”  Siendo la parte final uno de nuestros tantos mandamientos: ser luz. Aquello no radica en hacernos notar y como dice la jerga popular “ser macetero de mesa”, sino en que nuestras acciones hablen por nosotros mismos, sin buscar el reconocimiento de todos, sino que toda acción, como se señala anteriormente, lleve más almas al conocimiento de Cristo.

Ser sal y ser luz, no es fácil, más en la forma en que se está direccionando el mundo en la actualidad, pero aun así, no debemos olvidar nuestro verdadero propósito en esta vida, no es sólo seguir estudiando y llenar la pared de títulos y reconocimientos, sino buscar el mayor título que podemos obtener de manos de nuestro Padre Celestial, que es el ser llamados Hijos de Dios.

Para Dios, Honra y Gloria.


Bethania Vejar Catalán / Profesora en Educación Básica