Por Pastor Emérito Leonardo Montes Silva
Salmo 127:1 “Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican”
Considero que todos los matrimonios cristianos, en muchos instantes de su vida, meditan respecto de sus inicios y, se alegran, cuando ven a los jóvenes y señoritas tomando la responsabilidad de constituir un nuevo hogar, recordando el camino recorrido en los años de matrimonio puesto que hay tantos recuerdos y vivencias en sus vidas como padres y, posteriormente, viendo el inicio de una nueva generación.
Sin embargo, no estamos ajenos a la difícil situación que viven las personas fuera de nuestras Iglesias, vemos que al hablar de matrimonio, lamentablemente no es lo que conocemos como tal, pues no refleja lo que Su Palabra nos enseña, de tal manera que somos testigos de desenlaces terribles y una sociedad que destruye diariamente sus vidas matrimoniales, lo que recibe un fuerte apoyo de parte de los medios de comunicación, quienes se mofan de quienes desean iniciar una vida junto a la persona que tienen a su lado.
Muchas veces quienes que se unen en matrimonio lo hacen por diversas motivaciones: porque hay que cumplir, existe un compromiso de familia, por una ceremonia llamativa, uso de vestimentas extraordinarias, una fiesta en un lugar hermoso o para que los invitados no la olviden fácilmente. Pero, vivir el matrimonio es totalmente diferente, no solamente la expresión de cariño que nos acompaña antes de casarnos, éste debe proyectarse y fortalecerse en el futuro cuando realizamos nuestro compromiso definitivo en el altar.
Los cristianos nos damos cuenta que en el matrimonio, la alegría de lo que puede significar caminar juntos hoy, mañana y por los años que Dios quiera, no solamente está cimentada en nuestros anhelos personales, sino que tiene que haber algo especial y es el sello o la marca del amor que Dios puso en nuestros corazones, en caso de no existir ese sentimiento poderoso de unión y cercanía, sería difícil llevar un sociedad tan extraordinaria como es el matrimonio y luego su proyección centrada en la familia.
En múltiples oportunidades me ha correspondido acompañar a consiervos y hermandad que han cumplido una cantidad de años de matrimonio y en tal caso es importante hacernos la pregunta y valorar como han durado tanto, cuál es la fórmula, especialmente en nuestros días, pues vemos que hay tantos hogares que se destruyen junto a la familia que han formado. Sin embargo, observamos matrimonios que han dignificado lo que Dios hizo, permitiendo que el hombre no esté solo, por lo cual hizo a la mujer, y ahora no son dos personas, sino que una sola carne, por cuanto el hombre dejará padre y madre, al igual que la mujer y se unirán para siempre.
Recuerdo que cuando quise casarme, no fue fácil, porque mi esposa Leda era hija de mi pastor Vera. Hay que ver que tuve problemas hasta que llegue personalmente a conversar con él, para contar con la visión, autorización y bendición del ungido de Dios.
En nuestros días sucede que es todo tan vertiginoso que no hay tiempo de consultar al Pastor quien, gracias a la percepción que el Señor le ha dado, puede entregar al futuro matrimonio un consejo, apoyo o simplemente hacer presente que no existe una comunión que se pueda proyectar en el tiempo, y esto debido a incompatibilidades que pasan desapercibidas en la etapa del pololeo pero se harán evidentes cuando ya formen su hogar.
Es hermoso tener esa complementación espiritual, dado que, en lo personal, mi vida empieza a edificarse como familia, cuando mi esposa me dice: “a donde quieras que tu fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios”. Entonces apreciamos cual es el secreto, cuando su Palabra nos dice en el Salmo 127:1 “Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican”. Por lo tanto, el secreto es vivir de acuerdo con la voluntad y los principios que Dios ha establecido, dignificando lo que Él ha hecho.
El sello de amor que proviene de Dios debe estar en el corazón del hombre y en el corazón de la mujer, de esta forma será posible enfrentar las dificultades, las enfermedades, los problemas económicos y todos aquellos escollos que en algún momento nos van a tratar de aplastar. Cuando vemos matrimonios que se mantienen a través de los años, y nada ha hecho decaer el amor que se profesan, necesariamente nuestra visión se dirige hacia la eterna y poderosa palabra de Dios, que nos asegura que, si Él está en el hogar, en esa unión matrimonial, siendo Él quien nos dirige y edifica nuestra casa, nos dará la fuerza y la capacidad para ser un verdadero esposo y una verdadera esposa.
Él es quien tiene que tomar el control de todo, no olvidando que el amor debe estar siempre presente, como una marca en el corazón, pues el amor todo lo puede, todo lo aguanta, todo lo soporta. Los caracteres de un hombre y una mujer muchas veces son totalmente diferentes, pero cuando se ha puesto ese sello que viene como promesa de Dios, el diablo rugirá, pero no va a deshacer un matrimonio, porque lo unió Dios y es Él quien edifica y guarda la casa, y si así no fuese, en vano trabajan los que la edifican.
Fuente: Revista LVP
