Reflexión | Aún hay esperanza

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Una mujer tenía un flujo de sangre, por esta enfermedad era considerada inmunda, por tanto, no tenía vida familiar ni social, no podía ir a un templo ni a ningún lugar, pues todo lo que tocaba lo contaminaba. En otras palabras, vivía segregada de su pueblo, aislada, sin dinero (pues todo lo gastó en médicos), con un espíritu necesitado y entristecido.

Imagino que tras doce años padeciendo dicha enfermedad, debía estar agotada y sin esperanza. Sin embargo, oyó de Jesús, un Sanador y Salvador amoroso, y decidió salir de su hogar tras Él. Se arriesgó a ser linchada, pero sin importar el temor y la vergüenza tocó el manto de Jesús, fue sana y salva. Ella necesitaba un refrigerio para su cuerpo y alma.

Esta mujer vivió mucho tiempo sin remedio, pero en cuanto vio una posibilidad corrió hacia su Sanador. Muchas veces, nosotros cargamos una aflicción y en lugar de correr hacia el Maestro vamos hacia el lado opuesto. Jesús, en lugar de molestarse o reprocharle su pecado, fue amoroso, tierno y compasivo con la mujer. Si nuestro espíritu o cuerpo está afligido acerquémonos a Dios, que el se acercará a nosotros con amor y restauración. Bendiciones

Lucas 8: 43- 48

Santiago 4:8.

Por: Hna. María Paz