Biografía | Lutero – Del Monasterio a la Inseguridad

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A pesar de la furia de su padre por su decisión de hacerse monje, Lutero eligió el monasterio más estricto, la orden de los eremitas agustinos en Erfurt. Sabía en qué se metía cuando se tendió delante del prior, líder del monasterio, postrado en los escalones. Se comprometía a pasar, al menos, un año de comida escasa, ropas ásperas, vigilias nocturnas, arduos trabajos durante el día, la mortificación de la carne, el rechazo por su pobreza y la vergüenza de mendigar. Y aceptó todo. Le dieron la bienvenida a aquel año de iniciación con un beso en la mejilla dado por el prior y su amonestación de que un hombre solo podía ser salvo si perseveraba hasta el final.

Después del año de prueba Martín dio el paso siguiente y se comprometió para toda la vida con Dios. Con ese voto de compromiso, la tormenta retornó. Torturantes espíritus religiosos venían sobre él con ataques de depresión, opresión y desesperanza. Lutero se sentía bien un minuto, y al siguiente caía en la desesperación. Para tratar de detener esa agonía, comenzó a buscar nuevas formas de encontrar a Dios.

Si unirse al monasterio no era suficiente, entonces, pensó, la respuesta debía estar en adherir a cada regla y seguir cada norma. Lutero bombardeó los cielos con obras, con el fin de lograr la- santidad. Tomó la decisión de ser el más consagrado de todos los monjes. Dormía pocas horas, comía menos aún, y pasaba más tiempo en confesión que cualquier otro. De hecho, cansó a los sacerdotes con sus confesiones. Una vez pasó once horas confesándose con un sacerdote. Todo esto le traía solo breves momentos de alivio. El tormento no tardaba en regresar, y tenía que soñar nuevas formas de castigar la carne y hacerse aceptable a los ojos de Dios.

La Biblia del monasterio estaba atada a la pared con una cadena, y Lutero acudía con frecuencia a consultarla, esperando encontrar la paz que necesitaba desesperadamente. Pero, por el contrario, a él solo le hablaba de una santidad que no podía lograr. Al no encontrar alivio, se encerró en su cuarto, repitiendo una y otra vez frases en latín. Durante siete semanas casi no durmió, y durante cuatro días no comió ni bebió. Se negaba a responder cuando llamaban a su puerta. Cuando unos monjes compañeros suyos derribaron la puerta, lo encontraron tendido en el suelo, aparentemente muerto. Consumido por el ayuno, la falta de sueño y la desesperación, Lutero, finalmente, recobró la conciencia.

A la edad de veinticinco años, Lutero fue ordenado y estaba en condiciones de oficiar su primera misa. Ese día de la misa lo acompañó su padre, quien llegó con una comitiva de veinte hombres de a caballo y una generosa donación para el monasterio. Si bien estaba muy feliz de ver a su padre, la celebración de la misa católica fue una experiencia abrumadora.

Ese mismo día, y antes de reconciliarse, su padre le planteó una duda que fue para Martín como sumergirse en un torbellino interno. ¿Cómo podía probar que la tormenta no había sido provocada por el diablo para desbaratar el curso de la vida de toda la familia Lutero?

Esas palabras fueron un misil directo al corazón de las inseguridades de Lutero. Ahora, más que nunca, se dedicaría a la búsqueda de la santidad. Finalmente, solo se consolaba con algún medio de auto castigo o flagelación de la carne. Por las noches Martín desechaba las mantas que se daban a los monjes y tiritaba de frío, tratando de castigar su carne. Y aún después de haber ayunado tanto, se preguntaba: “¿He ayunado lo suficiente?” Prefería la Cuaresma a la Pascua, porque aquella implicaba sacrificio.

Revista La Voz Pentecostal, Edición 55