El valiente en la fe, Pedro de Valdo.

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Un joven negociante llamado Pedro, nativo de una localidad llamada Valde, se estableció en Lyon, Francia, por el año 1152.  Entregado  por completo a sus negocios, prosperó a tal punto que al cabo de los años era uno de los hombres  ricos de la ciudad.  Era casado, tenía  dos hijas, y las atenciones domésticas y comerciales  ocupaban todo su tiempo. En el año 1160, un gran amigo, con quien estaba  conversando, cayó muerto repentinamente, y este incidente  produjo en él una impresión tal, que desde aquel momento, dejando a un lado sus febriles ocupaciones comerciales, se puso a pensar seriamente en su salvación.

El conocimiento limitado que tenía de las cosas religiosas no lograba darle aquella paz y seguridad que satisfacen el alma.  Sus anhelos se hacían cada vez más intensos, y en busca de luz fue a uno de los sacerdotes de la ciudad, preguntándole cuál era el camino seguro para llegar al cielo.  El sacerdote le respondió que había muchos caminos, pero que el más seguro era el de poner en práctica las palabras del Señor al joven rico cuando le dijo: “Si quieres  ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo”.  Se cree que el cura le contestó así con algo de ironía, sabiendo que Valdo era hombre de gran fortuna,  seguramente  no esperaba que esas palabras  iban a encontrar  tanto eco en el corazón del rico negociante.  Valdo creyó oír un mandamiento de Dios dirigido a él personalmente,  y resolvió deshacerse de sus bienes terrenales, dio a su esposa e hijas lo que necesitaban, y el resto, lo distribuyó empleándolo para aliviar las necesidades de los pobres, y parte destinaba  para emplear personas que hiciesen traducciones y copias de las Sagradas Escrituras.  Encargó a dos eclesiásticos que vertiesen el Nuevo Testamento del latín a la lengua vulgar.  Y se puso  a leer con gran interés estos maravillosos escritos que eran agua viva para su alma sedienta, y mandó  hacer muchas copias del evangelio  para que su lectura fuese causa de bendiciones  a otros.

Sin buscarlo, vino inevitablemente el choque con la iglesia papal,  dentro de cuyo seno aún permanecían Valdo y sus adeptos.  El contraste entre el cristianismo del Nuevo Testamento y el de la iglesia papal, era demasiado pronunciado para que fuera posible un  acuerdo.  El clero empezó a mirar con recelo a estos hombres humildes que de dos en dos, descalzos y pobremente vestidos iban por todas partes  predicando la Palabra de Dios.

Finalmente  fue citado a Roma para comparecer ante el concilio de Letrán, en marzo de 1179. El papa Alejandro III lo trató amablemente y se interesó en la obra que hacían, tal vez abrigando el pensamiento de que los pobres de Lyon, como los llamaban, podrían permanecer dentro del seno de la Iglesia y quedar convertidos en algo parecido a una orden monástica.  Pero los componentes del concilio les fueron hostiles y rehusaron entregarles la autorización para predicar.

Vueltos a Lyon, convencidos  que nada podían esperar de este mundo, resolvieron romper definitivamente los vínculos que aún los ligaban al romanismo, y empezaron aún bajo la persecución, a sentir los beneficios de la libertad cristiana.

En el año 1181 fue lanzada contra ellos la  excomunión papal, durante algunos años pudieron eludir sus consecuencia, gracias a las poderosas amistades que tenían en la ciudad, donde Valdo era  estimado.  Pero después de la promulgación del canon del Concilio de Verona, en el año 1184, que condenaba a los pobres de Lyon, se vieron en la necesidad de salir de la ciudad y esparcirse por toda Europa, lo que hacían sembrando la simiente santa del evangelio por todas partes, como en siglos anteriores lo había hecho la Iglesia de Jerusalén al ser perseguida por Herodes.

Pedro Valdo, huyendo de la intolerancia del despotismo clerical llegó hasta Bohemia, donde terminó sus días en el  año 1217, después de  57 años de servicios  para el Señor.

 

Extracto Revista #LaVozPentecostal, Edición 55

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