Reflexión | “¿Cómo dejar de ser inconstantes y caminar en santidad?”

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La inconstancia es una condición que nos impide abandonar el pecado e introducirnos en el camino de la santidad; si no abandonamos esta condición, corremos el riesgo de terminar siendo cristianos tibios y de doble ánimo.

La inconstancia nos afecta tanto a nivel secular como espiritual, ya que nos impide mantener firmeza y determinación ante las diversas situaciones de la vida; trae consigo desánimo, decaimiento y una sensación de insuficiencia y frustración.

Muchas veces nos preguntamos por qué no podemos dejar de pecar; esto se debe a nuestra inconsistencia espiritual, es por ello que caemos una y otra vez en el pecado y aunque nos arrepentimos y queremos cambiar nuestra vida, no lo logramos, sino que cada vez volvemos a fallar; lo que nos lleva a apartarnos del Señor por considerarnos a nosotros mismo indignos merecedores de su favor.

«La inconstancia se roba nuestros sueños, y nos impide alcanzar nuestra metas; ella nos hace creer que no somos lo suficientemente buenos para ejercer alguna tarea o que somos tan pecadores que simplemente nunca podremos salir del pozo y que no alcanzaremos la santidad».

Existen dos cosas importantes que debemos tomar en cuenta si queremos dejar de ser inconstantes, tal como lo explica este pasaje.

La Palabra nos dice en Efesios 4:22-24: «En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad».

Despojarse del viejo hombre

Se refiere a los deseos carnales; nuestra carne tiene apetito por las cosas de este mundo, es por ello que en esta carta, Pablo nos insta a deshacernos de nuestra vieja naturaleza, de la vida pasada que llevábamos antes de conocer a Cristo, porque si no lo hacemos, estaremos llevando una doble vida y esto nos conducirá a la inconstancia. No podemos vivir sirviendo a Dios y a nuestra carne; la Biblia explica que nadie puede servir a dos señores, porque terminará amando a uno y aborreciendo al otro (Lucas 16:13).

«Ya no sigamos viviendo una doble vida, demos valor al sacrificio de Cristo en nosotros; guardándonos de no volver a nuestras andanzas pasadas. Demos honor aquel que nos amó primero, siendo fieles a él y aguardando el día de su venida. Recordemos que el pecado no nos deja más que un placer momentáneo, mientras que en Cristo tenemos el gozo y la paz que nada en este mundo nos puede dar».

Renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre

Este segundo paso es contundente; muchas personas se han despojado del viejo hombre, pero lastimosamente no se han renovado ni colocado la nueva vestimenta, aquella que viene mediante la fe en Cristo, es por ello que muchos después de haberse «cambiado», vuelven a su pasada manera de vivir, ya que una vez se han soltado su vieja naturaleza, no se renuevan.

La renovación es necesaria, ya que una vez nos hemos quitado la vestidura del pecado debemos colocarnos un ropaje nuevo, que nos recuerde que ahora somos unas nuevas criaturas en Cristo y que las cosas viejas quedaron el pasado.

«Que importante es que entendamos que una vez llegamos a Cristo somos nueva criaturas, las cosas del pasado ya no deben prevalecen más en nosotros, sino que Dios nos ha entregado un nuevo comienzo y para ello nos ha vestido como un hijo suyo, con ropajes limpios y santos».

Fuente: bibliatodo.com